Detrás de los cantes...

Intentando sobrevivir a esto de opositar, compartiendo este arduo camino salpicado de anécdotas, experiencias y buen humor, para evitar perder la cabeza, ¿te apuntas?

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martes, 8 de enero de 2013

Nobody said it was easy. No one ever said it would be so hard


Cuando decides opositar, cuando optas por dar ese paso, las cosas no parecen a priori demasiado complicadas. La gente te dice “¿pero estás segura?” “es muy duro” … pero a ti no te importa porque has tomado una decisión bien meditada y quieres llevarla a cabo a toda costa. Quieres comerte el mundo. Y el primer consuelo que tienes es “si el resto lo ha conseguido yo también”. Total que empiezas los primeros días con una rutina que te encanta. Con mil ánimos y mil esfuerzo para conseguirlo. Los temas son perfectos y fáciles. Esa pequeña soledad que tienes en casa te gusta porque nadie te molesta. Puedes estar todo el día en pijama sin que nadie te diga nada y tu rutina (o por lo menos así fue la mía) empieza a ser: desayunar delante de los libros, en pijama todo el día y pasar de la mesa de estudio a la cama y viceversa. De vez en cuando viene alguna amiga a visitarte y a reírse un poco de ti por las pintas que llevas de indigente. Normal. Pero a priori todo parece perfecto. Te gusta tu vida y sabes que el tiempo que estas invirtiendo es 100% productivo. Y pasan las semanas. Y los meses. Incluso los años para muchos de los que estáis leyendo esto. Y estar en pijama todo el día ya no parece tan agradable. Y la soledad empieza a hacer un poco de mella porque en el fondo echas de menos ese ruido de la gente subiendo y bajando por tu casa y porque poco a poco dejas de tener temas de conversación con esos amigos que viene a tu casa, porque no puedes explicar nada…porque en realidad, tu vida es tan monótona que NO TE PASA NADA INTERESANTE. Y cada vez acumulas más conocimientos con lo que cuesta más retener los siguientes que vienen. Y empieza el bajón. Y la desesperación. Y te miras al espejo y te sientes como un despojo. Y como los temas no entran tan fácilmente como al principio empiezas a pensar que a lo mejor no vales. Y todo eso, juntado a que te sientes más sola que el tato se convierte en una montaña de un grano de arena. Y es precisamente en ese momento cuando tienes que apoyarte en alguien. Puede ser un amigo, una pareja, un hermano, tus padres…o un completo desconocido. Y es difícil encontrarlo porque muy poca gente comprende lo que está pasando por tu cabeza loca. Y ese apoyo es fundamental. Esa vía de escape es absolutamente necesaria cuando estamos en la más absoluta miseria. Esa palmadita en la espalda, ese “venga, tranquila, que lo estás haciendo muy bien”, ese consuelo, que a veces no llega, es el pilar para que muchos aguantemos. No se trata de que nos regalen el oído, se trata de tener a esa persona que consigue ponerse en nuestra piel a pesar de que no esté pasando por lo mismo que nosotros. Y al final, esa es la gente que merece la pena y que tenemos que conservar. Mi padre siempre me dice que una de las razones por la que algunos funcionarios son como son es porque cuando están opositando nadie da nada por ellos, la mayoría de gente los deja de lado y cuando aprueban se acaban quedando con esas pocas personas que al final sufrieron el mismo camino que él o con él. Y en cierto modo lo comparto. Así pues, los bajones solo demuestran que somos humanos y no máquinas. Que también necesitamos vías de escape. Que somos personas y que a veces la falta de comprensión del resto nos puede. Que el encontrar a alguien que consigue subirnos el ánimo en momentos difíciles para mí, es impagable. Alguien que te llame para ver si llevas un buen día, alguien que te despierte por las mañanas porque sabe que te duermes o incluso alguien que te dice “venga va, que este tema es una chorrada y tú te lo sacas en cero coma”… Y para que negarlo…todas estas vías de escape de las que os hablo las he encontrado a través de Twitter, a través de vosotros. Porque entre todos  hacemos que lo malo, sea menos malo…que el estudio sea un poco más divertido y agradable y que valga un poco más la pena despertarse por las mañanas. 


Isabel García 

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