Detrás de los cantes...

Intentando sobrevivir a esto de opositar, compartiendo este arduo camino salpicado de anécdotas, experiencias y buen humor, para evitar perder la cabeza, ¿te apuntas?

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lunes, 18 de febrero de 2013

AL OTRO LADO DEL ESPEJO: ANTES Y DESPUÉS DE APROBAR

"...nos reiremos de este mal sueño /
con una taza de café...".
De una canción de Christina Rosenvinge



Soy un desconfiado de lo tecnológico, así que si hace unos cuantos meses me dicen que me iba a abrir un twitter, me hubiera reído.  Si, una vez abierto, me dicen que iba a terminar siguiendo, no a directores de cine, periodistas o escritores, sino a opositores anónimos, lo hubiera dado por una fantasía de quien me lo decía.  Y si, después de estar un tiempo siguiendo a opositores, me dicen que iba a terminar interactuando con algunos de ellos, tampoco lo hubiera llegado a creer.  Pero aquí estamos, los opotwitteros. y yo.


Lo que sí recuerdo bien es cómo fueron las primeras "interacciones": alguien que escribía en su cuenta la porquería de domingo que estaba pasando, lo depresivo que resultaba estudiar en un día festivo (el puente de la Constitución fue antológico.) y las habituales dudas sobre si opositar merecía la pena.  Todo aliñado con etiquetas del tipo #muerteydestrucción o #mátamecamión.


Y, claro, no pude evitar el impulso de intervenir y participar.  Para ubicarnos, tendría que contar algo de mi experiencia personal: en 2001, pocas semanas después de que Bin Laden echara abajo las Torres Gemelas, empecé a preparar las oposiciones de abogado del Estado, lleno de ilusión y también de eso que, al estudiar el consentimiento en los contratos, llamamos "temor reverencial".  En mayo de 2002, el mismo día que el Real Madrid ganó la novena Liga de Campeones con aquel gol de Zidane frente al Bayer Leverkusen, había estado por la mañana diciendo a mis preparadores que dejaba la oposición, un par de semanas después de que el jefe de ellos me dijera con cierto ímpetu su opinión de que yo nunca sacaría la oposición.  Y de que los demás lo secundaran.  Y de que yo lo creyera.  En octubre de ese año empecé a preparar en mi ciudad las de Técnico de Hacienda, que felizmente aprobé el 8 de marzo de 2007, no sin haber cambiado de academia un año antes, por la necesidad de "ver otras cosas, otros puntos de vista, etc.".  Desde finales de 2008 hasta el 25 de enero de 2012 he estado, con ciertas intermitencias, preparando las de Inspección de Hacienda.  Desde entonces no he vuelto a cantar, pero mantengo el regreso como uno de mis #propósitos2013.


Resumidamente, he sido opositor fallido, he sido opositor exitoso y luego he vuelto a ser opositor, lisa y llanamente.  Y algunos de esos cambios los viví en su momento de un modo algo dramático.  O sea, que puntos de vista tengo para dar y tomar.  ¡Pasen y sírvanse, señores, que los vendo baratitos!


Pues ocurre que durante cualquiera de mis vidas de opositor he pasado unos cuantos malos momentos, unos cuantos en los que me sentí solo.  O no me sentí, lo estuve.  Unos cuantos en los que creí que no merecía la pena opositar.  Recuerdo conversaciones antológicas con amistades a las que explicaba rigurosa y razonadamente los múltiples motivos por los que no merecía la pena en absoluto pasar ese calvario.


Me faltaba entonces (y aún a veces lo pierdo de vista.) el punto de vista del que ha pasado al otro lado del espejo, el opositor aprobado.  Y ahí puedo garantizaros una cosa.  Merece la pena desde el mismo segundo en que abres el .pdf del tribunal y ves tu nombre en la lista de aprobados.  No es cuestión de sueldos, de puestos, de desempeño de funciones, de nada de eso.  Se trata de que en algún momento de tu vida decidiste sacrificar y perder una serie de cosas a cambio de ganar otras.  Y al ver que has aprobado te sientes, o me sentí yo, como esos maratonianos o triatletas que van sonados, tambaleándose los últimos metros camino de la meta.  Pero la cruzan, alguien les echa una manta por encima y les dice: "tranqui, muchacho, respira, ya puedes parar, has llegado".  Oír en tu cabeza esas palabras con pleno merecimiento ¡vale su peso en oro!


Al descubrir twitter, a los opotwitteros y echar la vista atrás, recuerdo lo necesario que a veces era que alguien (¡quien fuera, pero alguna forma de vida de este planeta, no necesariamente humana!) te diera unas palmaditas de ánimo en la espalda, o una llamadita de teléfono, o un sms de ánimo de alguien que se acordara de ti.  Da igual si prepas, compis de oposición, amistades varias, o quien fuera.  Ojalá hubiera tenido algo como twitter y la #togasband y los opotwitteros en el año 2001, porque probablemente entre eso y el whatsapp hubiera tenido desahogo para algunos que otros sinsabores.  ¡Es genial haberos conocido por eso!


Y como lo creo así y me acuerdo de esa sensación, no puedo evitar dar ánimos a la gente cuando leo que tiene un día de bajón con la oposición.  Ahora sé de sobra que son fases normales del proceso, por las que todo el mundo pasa alguna vez y que se superan.  Pero quizás un opositor en medio de ninguna parte necesita que alguien se las recuerde expresamente y que se lo digan.  ¡Se puede!  ¡Es difícil, pero se puede!  ¡Y sí que vale la pena!  Además, en algún momento de mi vida de opositor me hice la promesa de que, para el caso de aprobar, no sería de la clase de personas que olvidan lo mal que lo pasaron y lo mal que lo estarán pasando los que están en ello.  Cuando alguna vez conocí a alguien, prepa o no, que enteramente era incapaz de ponerse en la piel del opositor, me dije: "yo, como tú, never, never". 


Al final, todo es constancia.  En un grado extremo, sí, por encima de dolores de cabeza, de momentos depres, de miles de motivos para dejarlo todo, pero constancia al fin y al cabo.  Cuestión de seguir.  Como en una canción de Bob Dylan que me gusta mucho y que decía "The only thing I knew how to do was to keep on keeping on."

Antonio Gil Acosta

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