Detrás de los cantes...

Intentando sobrevivir a esto de opositar, compartiendo este arduo camino salpicado de anécdotas, experiencias y buen humor, para evitar perder la cabeza, ¿te apuntas?

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martes, 18 de junio de 2013

Salvada



Una colaboración sobre los inicios y los preparadores. Gracias, Bei ;) 

Siempre he sido de la opinión de que no hay que dar un paso atrás ni para coger impulso. Tengo que tener los ojos en la meta para poder llegar a ella. Cualquier desviación de la mirada podría suponer un obstáculo. Sin embargo, muchas veces tengo que echar un ojo al punto de salida para reconocerme en el camino avanzado y destacar las paradas técnicas que me dieron la vida.
El punto de inicio fue duro. La oposición estaba desatada, era inabarcable y no sabía cómo agarrarla para hacerla mía. Los temas, mis instrumentos de trabajo, se me iban en el tiempo a pesar de la intensidad con la que los trataba. Creo que no me querían; dudaba de mis capacidades, de mi escasa inteligencia, de mi falta de instinto para domarlos. En todo me veía problemas. Estudiaba un día y al siguiente se me había olvidado incluso mi nombre.
Llegaba a clase, cantaba el correspondiente y me iba a casa a preparar el próximo. Así un día detrás de otro. Una decepción encadenada a un fracaso. Me sentía derrotada y sin la suficiente voluntad para perseguir esa virtud, la mayor de las que puedo tener y la que más gloria me regala: la Justicia. No comprendía qué me pasaba. Me volví arisca e introvertida. Me enfadaba si una mosca se posaba en el Código, si la botella de agua se acababa o si llovía. Inventé mil métodos de motivación inútiles. Tal vez no sirviera para luchar por mi sueño y tuviera que tirar la toalla antes de recibir el último golpe.
Una noche de las que pasé integramente sentada delante de los folios me paré a pensar. Me asomé a la ventana, encendí un cigarro y me hice una entrevista. ¿de verdad que quieres fracasar? ¿quieres ser Juez o no? ¿sabes cuál es el problema? Pues tiene nombres y apellidos y te da clase dos días a la semana. Sí, él. Quien no te valora el esfuerzo y te humilla si no te sale perfecto el artículo aunque lleves unos metros nada más navegando en las procelosas aguas de tu oposición. ¿Quieres que te niegue tu anhelo? ¿De verdad lo quieres? Si no toleras que tu madre te dé un consejo ¿por qué lo aceptas de un desconocido? ¿crees que te quiere más? ¿vas a estar así todos estos años? NO, NO Y NO.
Al día siguiente recuperé todo el valor que me había ido dejando por el camino y lo presenté en clase. No podía seguir así. Estaba negándome a mí misma, me estaba despreciando yo sola por no saber afrontar la realidad. La culpa era mía por no lanzarme a buscar esa Justicia que siempre pregono. No era justo que me sintiera así por las opiniones de alguien a quien no le importaba. Adiós, muy buenas. Necesito a alguien que me exija y me valore lo que soy, no lo que espera de mí.
Pasé dos días perdida sin saber qué hacer. ¿Quién me va a dar clase? Recordé que una chica que había conocido estudiaba Judicaturas. Le conté mi problema y en dos minutos tenía el número de sus preparadores. Dos personas encantadoras, exigentes y con un alto grado de empatía. Justo lo que necesitaba. Volví a estudiar con pasión y a cantar los temas como si la vida se fuera en esos doce minutos. Volví, en definitiva, a encontrarme con aquella chica que nunca debió de perderse en los malos consejos de alguien que no me apreció.
Y ella, mi compañera, nunca sabrá cómo me salvó. Gracias María.


Bei
Sevilla, primavera de 2013

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