Detrás de los cantes...

Intentando sobrevivir a esto de opositar, compartiendo este arduo camino salpicado de anécdotas, experiencias y buen humor, para evitar perder la cabeza, ¿te apuntas?

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viernes, 27 de marzo de 2015

Colaboración: Experiencia de una opositora a la carrera diplomática

Poca gente sabe lo que es opositar. Y no, no me refiero a eso de preparar un concurso público en el que te enfrentas a una manada de ratones de biblioteca, cada uno más friki que el anterior. Me refiero a lo que es opositar de verdad.

Al opositar desde el extranjero (sí, estoy como una cabra) cuando la gente me pregunta qué hago, si estudio o trabajo, me echo a temblar. Si tengo suerte y mi interlocutor es español lo único que tengo que decir es que oposito y escuchar el mantra de siempre "Qué duro. Yo no podría. ¿Cuántos años llevas? ¿Cuánto es la media de años para tu oposición? ¿Tienes un plan B? Cuanto te admiro." Si es extranjero, apaga y vámonos. Y si estamos de copas, ya ni te cuento. Si preveo que no voy a volver a cruzarme con la persona que tengo delante, digo que soy abogada en una empresa española y me quedo más ancha que larga. Si veo que voy a volver a coincidir, me toca explicar durante 15 minutos (o más) que estudio en mi casa sola y que sólo tengo un día libre, etcétera. Entonces empieza el tercer grado. "Pero... ¿Vas a la universidad?" "No, tengo un profesor con el que canto cada semana." "¡Ah! ¿Estás en un coro?" "No, es que cantar es como se llama al examen semanal, porque recitas lo que has aprendido durante la semana anterior." "Pero... ¿Te pone nota?" "No, no, es de práctica para el de verdad que es una vez al año." Y bueno, así hasta que en un intento desesperado por dejar de ser el centro de atención y porque se acabe el interrogatorio se me ocurre decir que qué loco está el tiempo y que ya empieza a hacer frío.

Como dije, los españoles te dicen siempre que opositar es admirable, y tienen razón. Yo me admiro a mí misma por opositar. Hay días que no sé como lo hago. Pero aunque lo digan como una coletilla, es la pura verdad. Quién no oposita no puede llegar a comprender ni a hacerse una idea de lo que es. Empiezas con toda la ilusión del mundo pero a medida que pasan los años y las convocatorias cada vez estás más cansado. Ves como tus amigos salen, viajan, van de fiesta en fiesta, y tiro porque me toca, se emancipan e incluso se casan. No sé qué pasó el año pasado pero cada vez que me metía en Facebook había una boda nueva. Ves como los demás crecen y viven su vida mientras tú vas languideciendo entre libros, apuntes y cantes que no siempre salen bien. Con veintitantos sigues dependiendo de la caridad paterna y todo lo que ello conlleva: "¿A dónde vas? ¿De dónde vienes? ¿Con quién vas?" En fin, los padres siempre serán padres. Aunque tengamos cincuenta y ellos estén en tacataca. La cuestión es que sientes que te vas quedando atrás y te empiezas a preguntar si realmente merece la pena sacrificar tu juventud, los que se supone son los mejores años de tu vida, por algo que puede que no salga. Porque, por desgracia, el éxito no depende exclusivamente de uno. Depende de la suerte, del tribunal, de la gente con la que te enfrentas, de si has estado durmiendo y comiendo bien y por supuesto del trabajo que hayas hecho a lo largo del año anterior.

Te cambia el humor. Te vuelves un poco loco. Las cosas que en circunstancias normales, es decir, si estuvieras en la universidad o trabajando, te importarían un comino se convierten en un auténtico drama. Como tú eres tu propio jefe y te pasas el día sólo, lo que en realidad es un grano de arena se convierte en el Everest. Que tu novio no te conteste, que tu madre te regañe por no recoger el plato de la mesa o que un amigo te diga una palabra más alta que la otra ya son motivo de rallada mental nivel 10 o de explosión nuclear que hace que Hiroshima y Nagasaki, en comparación, parezcan un maldito picnic. Te vuelves bipolar. Un día estás eufórico y te comes el mundo y al día siguiente te quieres tirar por una ventana porque piensas que no lo conseguirás nunca. Esto en gran parte depende de si has tenido un buen cante o no. Cuando cantas bien sales de la casa del preparador pegando brincos, con el pecho hinchado como un pavo y cantando mentalmente el "Don't stop me now" de Queen. Eres un crack. No hay quién te tosa. Nada puede contigo. En cambio, si el cante sale mal, la vuelta a casa se convierte en una procesión de autoflagelación importante. Ya eres un inútil sin futuro. Y así hasta que sacan la oferta de empleo público y la convocatoria, momento en el que te debates entre la emoción por demostrar lo mucho que te has esforzado y el más absoluto pánico.

En la última convocatoria un buen amigo mío llegó al último ejercicio pero no tuvo suerte. Cuando hablé con él me dijo que lo dejaba, que había perdido 4 años de su vida y que ya no tenía ilusión. Tras esta conversación me puse a pensar. En el caso de suspender, ¿sería realmente una pérdida de tiempo? Si yo suspendiera, todo ese tiempo invertido en la oposición ¿lo habría tirado a la basura? Creo que no. Después de todo lo que he dicho seguro que ninguno de vosotros quiere ponerse a opositar ni acercarse a un opositor si puede evitarlo. No obstante, y aunque haya días en que maldiga mi estampa y la hora en la que decidí meterme en esto, no me arrepiento. Fundamentalmente porque independientemente de todos los datos que te aprendas y de los libros que te leas (que eso no te lo quita nadie), se aprende mucho sobre uno mismo. Uno crece y madura. A pasos agigantados. Aprendes a valorar el tiempo y la libertad, porque el día libre se abre el cielo de par en par y cada minuto lo saboreas como si fuera tu último día sobre la faz de la tierra. Te das cuenta de quién es un amigo y de quién es simplemente un colega porque los primeros tienen más paciencia que el Santo Job y aguantan todas tus neuras y tus volantazos anímicos. De hecho, creo que mi primer sueldo me lo voy a fundir en invitarles a tomar una buena mariscada regada con Veuve Clicoq porque la verdad es que se lo merecen. Además, te vuelves más prudente, y decides alejarte de las cosas que te no te hacen bien, aunque sea por puro miedo a que eso afecte al estudio y a que puedas llegar suspender. También te das cuenta de que el progreso, aunque sea pequeño no deja de ser progreso. De que la constancia y la paciencia son fundamentales cuando uno tiene una meta en mente ya que como reza el aforismo latino "la gota corroe la piedra no por fuerza sino por constancia". Quién la sigue la consigue, tarde o temprano, pero es inevitable. Cuando tienes una pasión, una vocación y sabes que has nacido para ser eso por lo que estás luchando nada puede interponerse entre tu destino y tú. Puede que tardes más o menos, pero si hay ganas y hay voluntad solo es cuestión de tiempo que suceda. 

Si pudiera volver atrás ¿volvería a opositar o me pondría a trabajar nada más acabar la carrera? Aunque es cierto que me habría ahorrado muchas noches de insomnio, dudas, nervios e histerias, no cambiaría nada. Sin dudarlo volvería a elegir la oposición. A pesar de los pesares, y precisamente por los pesares. Entre otras cosas porque hoy soy una persona mucho más fuerte de lo que era hace cuatro años y porque sé que, salgan las plazas que salgan este año, una de ellas lleva mi nombre escrito.


Paloma de Grandes V.  (Opositora a la Carrera Diplomática)

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